La donna è mobile

"Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio." LCiudadesInvisibles, ICalvino

Tío Pedro, vestido de domingo

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La puerta este de los grandes almacenes estaba abarrotada. La gente se apresuraba en correr a izquierda, a derecha, al frente, no sabía. Se movían con la masa, agitándose al compás del palpitar de las ventas. Cuanta más caja se hacía, más se sacudían; el negocio producía este efecto en sus clientes, en los viandantes y peatones que circulaban de forma casual por la manzana y que también aceleraban el paso conforme se incrementaba el número de consumidores satisfechos. Clink, clink, ¡cash! Entre las cabezas morenas, rubias, castañas, canas, calvas, de entre todas, una mano se levantaba en un extremo del tumulto y una segunda le indicaba del otro: estoy aquí, y ambas dos se volvían a sumergir en el gentío, reencontradas, localizadas y resueltas a unirse. Pues bien, a tío Pedro, vestido de domingo, le pertenecía una de esas manos y a paso ilusionado salvaba la distancia de punta a punta.

Tío Pedro era un señor bajito, de pelo negro y bigote insuficiente. No se podía decir de la pelusa que llevaba bajo la nariz que tuviera tal abundancia como para llamarse bigote, pero claro, qué remedio, de algún modo había que llamarle. Él se lo rasuraba manualmente con la cuchilla de pelar, y en esa milimétrica tarea invertía las mañanas de su jubilación. Ya por la tarde se dedicaba a pasear con su esposa Agonías, mi tía Agonías que en paz descanse, y juntos hacían siempre el mismo recorrido, sin salirse ni una losa, desde la puerta de su casa hasta el templete del parque, ida y vuelta. Dos veces. Uno podía llegar a cuestionarse por qué no iban más lejos en lugar de caminar dos veces hasta el mismo punto, pero no se podía esperar de esa pregunta una respuesta satisfactoria. Ellos salían más a lucirse que a otra cosa, y por lo tanto, hacerlo por el centro de la ciudad paseando del brazo a la vista de todos sus conocidos, tenía mucho más valor, donde iba a parar, que llegar más lejos, que total para qué, si a mitad de camino le podía dar una rampa a tía Agonías e igual tenían que volverse fastidiados, vaya usted a saber si desde la otra punta de la ciudad. Natural.

El caso es que a pesar de la vida que llevaban, tan tranquila, o precisamente por eso, tía Agonías se murió de repente. Una mañana de primavera mientras tío Pedro estaba en el baño dándole y dándole al peine y a la cuchilla, ella decidió sentarse en el balcón a tomar un baño de sol mientras le subía la presión a la exprés y así fue como la encontró cuando a eso de la una salió desmayadito de hambre para preguntarle por la comida. Con la cabeza echada hacia detrás y la boca abierta, como dormida. Tío Pedro, espantado, se echó sobre su regazo para no verla muerta. La vida no iba a ser nada fácil a partir de entonces, no, no, de eso se dio cuenta enseguida. Hasta ese día tía Agonías se había ocupado de todo, y él, tras dejarles la tienda a los niños, a lo único que le había sacado punta era a su bigote. Lloró. Al principio porque se le cayeron las lágrimas solitas, sin brío, involuntarias, por haber pensado en sí mismo antes que en ella. Después porque olió a quemado en la cocina, y se incorporó y corrió a apagar la hornilla y haciéndolo, ahí sí, lloró con mucho dolor porque ella no hubiera querido que se le pegara la olla. Ay, la pena de tío Pedro caía sobre la tapa inflamada y se evaporaba casi al instante, ssshhhh, ssshhhh. Ssshhhhh.

Al tío Pedro después del entierro le sobraba gran parte del día y apenas sí se las apañaba solo. El pelo, o la pelusa, o lo que quiera que fuera que le crecía sobre los labios, seguía saliéndole ajeno a cualquier ruptura y provocaba, ya con mucha pereza y muy de mala gana, que el hombre siguiera pasándose la mañana asomado al lavabo girando la cabeza a ambos lados una vez y otra, retocándose. Por la tarde se vestía y se sentaba en el sofá, en la punta, balanceándose hacia delante y hacia detrás, sin atreverse a salir para finalmente soltarse el nudo de la corbata y pasar al dormitorio con la cabeza gacha, farfullando contra sí mismo. Para cuando se quería dar cuenta se hacía de noche, y como ya era tan normal se la pasaba mirando hacia la ventana, echándose cuentas y pensando en lo triste que sería caminar por el centro, pasando por delante de todos sus conocidos, solo, cuatro veces por las mismas losas o si no, nada, que también tenía su aquel, y que él para qué iba a hacerlo, que qué necesidad había de pasar por ese trago si total aquí en la casa tenía de todo y para qué darle más vueltas. Natural.

Pero una madrugada saltó de la cama y se puso las zapatillas de estar por casa. Bailándole los pies se acercó al armario ropero y vistió su mejor traje. Después salió por la puerta de casa en dirección al centro, canturreando y sintiendo gran alivio, caminando ligero. Ilusionado. Como ya se dijo, la puerta este de los grandes almacenes estaba abarrotada. Ya se vio que la gente se apresuraba en correr a izquierda, a derecha, al frente, sin saber. Que se movían con la masa, agitándose al compás del palpitar de las ventas. Y que entre las cabezas morenas, rubias, castañas, canas, calvas, de entre todas, una mano se levantaba en un extremo del tumulto y una segunda le indicaba del otro: estoy aquí, y ambas dos se volvían a sumergir en el gentío, reencontradas, localizadas y resueltas a unirse. Pues bien, esa mañana tío Pedro y tía Angustia se encontraron nuevamente y se abrazaron, él la besó, ella se dejó besar y juntos del brazo cogieron la avenida Reina Victoria, por sus losas de siempre, mientras él le aclaraba que la olla, no había que preocuparse, la había dejado en remojo, y que había que ver qué montón de gente, que claro, siendo rebajas, pero que ya no respetaban la derecha, que vaya maneras y que menos mal que ellos no tenían prisa para volverse. Natural.

Jueves, 17 de Febrero de 2005 17:01.

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Autor: La donna è mobile

No sé en otras latitudes (aunque no tengo porqué descartarlo en función de eso) pero aquí las personas mayores siempre llevan caramelos en los bolsillos. Da igual la edad que tengas porque si les hablas, si les preguntas por cualquier cosa o sencillamente les das los buenos días mientras toman el sol, te lo dan. Se rascan el bolsillo, sacan el pañuelo, el reloj que (normalmente) llevan allí en lugar de en la muñeca y debajo....

A mí madre yendo conmigo le han dado. A mí. A los críos. Pictolín normalmente (o en el peor de los casos, uno de esos incomestibles sabor a miel). Suelen ser personas muy dulces, a mí me gustan. En mi último viaje bajé en una siesta a la cafetería del hotel a tomarme un chocolate que me sacara el frío del cuerpo (a veces se mete y no hay modo), y allí debía haber una treinta de jubilados jugando al tute. Con esa actitud chulesca que ya les da la edad, seguros de sí mismos, invirtiendo el tiempo en vivir en un mundo paralelo al nuestro, mucho más lento, donde los relojes, ya digo, se llevan en el bolsillo.

Yo no dejaba de sonreir desde la barra, me hacían mucha gracia, y ellos me miraban y todavía se crecían más. Acabé sentada aprendiendo a jugar al tute. Fuera llovía a cántaros.

Fecha: 18/02/2005 13:29.


gravatar.comAutor: Egonauta

Tu post me encoge el corazón, como siempre lo hace Jacques Brel con "Les vieux":

(......)
Les vieux ne rêvent plus,
.......
leurs pianos sont fermés,
Le petit chat est mort.
........
Les vieux ne bougent plus,
leurs gestes ont trop de rides,
leur monde est trop petit,
Du lit à la fenêtre,
puis du lit au fauteuil,
et puis du lit au lit,
Et s'ils sortent encore
bras dessus, bras dessous,
tout habillés de raide,
C'est pour suivre au soleil
l'enterrement d'un plus vieux,
l'enterrement d'une plus laide,
Et le temps d'un sanglot
oublier toute une heure
la pendule d'argent
Qui ronronne au salon,
qui dit oui, qui dit non,
et puis qui les attend.
........

Egonauata

Fecha: 18/02/2005 19:32.


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